Fue en la Plaza Belgrano antes de un caluroso mediodía de hace ya dos meses. Yo bajaba por la Avenida, a las corridas, llegando tarde a algún lugar al que nunca llegué. La crucé de frente, ella caminaba buscando algo en su cartera, creo que un celular con una llamada perdida. Me detuve hipnotizado y la vi alejarse de espalda. En ese momento mi vida cambió para siempre.
Efectivamente buscaba su celular que acababa de parar de sonar sin que llegara a atender. Caminó con el teléfono en la mano esperando que la volvieran a llamar, subió por Sarmiento hasta Santiago del Estero. Sin darme cuenta había caminado más de cinco cuadras detrás de ella, de su figura, de su vestido hasta las rodillas, de su pelo suelto.
Esa fue la primera vez y la dejé ir. Había guardado de memoria sus piernas, la línea perfecta en medio de su espalda, su cola, hasta su ritmo al andar. Casi no la había visto de frente.
Pasaron los días y la persona normal que todavía hay en mí creía que el azar me volvería a cruzar con ella. Sin embargo el pervertido que siempre fui frecuentaba el bar de Belgrano y Balcarce, se sentaba horas en la plaza, caminó mil veces esas cinco cuadras espiando cada mujer que nunca era ella. Yo había descubierto a la chica más hermosa de la ciudad y la había dejado ir, tal vez para siempre. No tenía otra que buscarla cruzando la ciudad de punta a punta, vivir en la calle intentando encontrarla de nuevo.
Efectivamente buscaba su celular que acababa de parar de sonar sin que llegara a atender. Caminó con el teléfono en la mano esperando que la volvieran a llamar, subió por Sarmiento hasta Santiago del Estero. Sin darme cuenta había caminado más de cinco cuadras detrás de ella, de su figura, de su vestido hasta las rodillas, de su pelo suelto.
Esa fue la primera vez y la dejé ir. Había guardado de memoria sus piernas, la línea perfecta en medio de su espalda, su cola, hasta su ritmo al andar. Casi no la había visto de frente.
Pasaron los días y la persona normal que todavía hay en mí creía que el azar me volvería a cruzar con ella. Sin embargo el pervertido que siempre fui frecuentaba el bar de Belgrano y Balcarce, se sentaba horas en la plaza, caminó mil veces esas cinco cuadras espiando cada mujer que nunca era ella. Yo había descubierto a la chica más hermosa de la ciudad y la había dejado ir, tal vez para siempre. No tenía otra que buscarla cruzando la ciudad de punta a punta, vivir en la calle intentando encontrarla de nuevo.
Mientras tanto ya había imaginado un nombre, “Mariana”, 25 años más o menos, seguramente trabaja pero todavía vive con sus padres, tal vez tenga novio y sea hija única.
Dos semanas después de aquella mañana la volví a encontrar. Esta vez Mariana caminaba por España cerca del correo vestida de secretaria ejecutiva, con pantalón marrón, blusa y pelo recogido. Esta vez Mariana me inspiraba más amor que excitación, era perfecta. Podría haberla alcanzado y decirle “–Hola, te amo”. Pero preferí seguirla callado, desde lejos y eso me hizo sentir más decente.
Se alejó del centro por Lerma, antes de llegar a la Tucumán entró en un pasaje, anoté el número y la calle en un recordatorio y me senté en el umbral de su vecino de enfrente. Tenía que asegurarme de que esa era su casa, que no estuviera de visita o de paso. En cuatro horas y media no salió ni para ir a comprar pan, no cabía duda esa era su casa.
Corrí al ciber más cercano y en www.telexplorer.com.ar puse su dirección y resulta que Mariana se llama Andrea en realidad, encontré su hotmail y su teléfono, supe el nombre de sus padres, que tiene parientes en Buenos Aires y que nunca acepta contactos en el msn si no sabe quienes son.
Después volví a su casa y me acomodé enfrente para pasar mi primera noche en la vereda de Andrea.
En una semana sabía más de Andrea que de mi mismo. Sin haber hablado nunca con ella conocía sus horarios en el estudio contable, donde desde hace seis meses es secretaria, sabía que había abandonado Recursos Humanos porque le fue mal en tres materias. Nació en Buenos Aires pero vive en Salta desde los 3 años, tendrá 25 años hasta el 20 de Septiembre próximo, pero no es hija única. Tiene una hermana mayor incomparable y envidiosa.
A Andrea le gusta el color azul, prefiere la playa a la montaña, no tiene novio desde hace casi un año, compra su ropa en la peatonal menos la ropa interior que la elige por catálogos de Avon, es alérgica a las picaduras, vio todas las temporadas de Friends, escucha mucho a Alejandro Sanz y nunca se va a dormir antes de las dos.
Yo me pasaba los días enteros siguiendo cuidadosamente a Andrea, anotaba todo lo que hacía, la fotografiaba con zoom, escuchaba sus conversaciones telefónicas, revisaba sus mails, me paraba cerca de la ventana de su cuarto toda la noche y, escuchando su respiración, imaginaba sus sueños.
Quizás no haya una mujer tan hermosa en ninguna otra ciudad del mundo, y es mía… o casi.
Andrea odia la lluvia, ama viajar (lo sé porque una vez le envié a un falso encuestador), tiene amigas del secundario con las que se llama por lo menos una vez por semana, no cree en el príncipe azul, no usa push up, va a misa de vez en cuando y de chica quería ser bailarina.
El próximo paso fue conocer su casa, saber donde se baña Andrea, donde duerme Andrea, donde cocina, donde mira tele. Así fue como una noche entré en su casa con la filmadora a cuestas. Fue la noche del escándalo, fue cuando tuve que declarar todo y allanaron mi casa, fue cuando me apuntaron con un arma y me sacaron de su casa a empujones con la cabeza tapada. Pero sobre todo fue la primera vez que ella me vio a mí, después de meses enteros de espiarla, de seguirla, de amarla.
Ahora todos los domingos tengo permiso del comisario para usar su computadora. En una hora puedo revistar mi correo y si estoy desahuciado subir algún que otro texto a este blog.
Dos semanas después de aquella mañana la volví a encontrar. Esta vez Mariana caminaba por España cerca del correo vestida de secretaria ejecutiva, con pantalón marrón, blusa y pelo recogido. Esta vez Mariana me inspiraba más amor que excitación, era perfecta. Podría haberla alcanzado y decirle “–Hola, te amo”. Pero preferí seguirla callado, desde lejos y eso me hizo sentir más decente.
Se alejó del centro por Lerma, antes de llegar a la Tucumán entró en un pasaje, anoté el número y la calle en un recordatorio y me senté en el umbral de su vecino de enfrente. Tenía que asegurarme de que esa era su casa, que no estuviera de visita o de paso. En cuatro horas y media no salió ni para ir a comprar pan, no cabía duda esa era su casa.
Corrí al ciber más cercano y en www.telexplorer.com.ar puse su dirección y resulta que Mariana se llama Andrea en realidad, encontré su hotmail y su teléfono, supe el nombre de sus padres, que tiene parientes en Buenos Aires y que nunca acepta contactos en el msn si no sabe quienes son.
Después volví a su casa y me acomodé enfrente para pasar mi primera noche en la vereda de Andrea.
En una semana sabía más de Andrea que de mi mismo. Sin haber hablado nunca con ella conocía sus horarios en el estudio contable, donde desde hace seis meses es secretaria, sabía que había abandonado Recursos Humanos porque le fue mal en tres materias. Nació en Buenos Aires pero vive en Salta desde los 3 años, tendrá 25 años hasta el 20 de Septiembre próximo, pero no es hija única. Tiene una hermana mayor incomparable y envidiosa.
A Andrea le gusta el color azul, prefiere la playa a la montaña, no tiene novio desde hace casi un año, compra su ropa en la peatonal menos la ropa interior que la elige por catálogos de Avon, es alérgica a las picaduras, vio todas las temporadas de Friends, escucha mucho a Alejandro Sanz y nunca se va a dormir antes de las dos.
Yo me pasaba los días enteros siguiendo cuidadosamente a Andrea, anotaba todo lo que hacía, la fotografiaba con zoom, escuchaba sus conversaciones telefónicas, revisaba sus mails, me paraba cerca de la ventana de su cuarto toda la noche y, escuchando su respiración, imaginaba sus sueños.
Quizás no haya una mujer tan hermosa en ninguna otra ciudad del mundo, y es mía… o casi.
Andrea odia la lluvia, ama viajar (lo sé porque una vez le envié a un falso encuestador), tiene amigas del secundario con las que se llama por lo menos una vez por semana, no cree en el príncipe azul, no usa push up, va a misa de vez en cuando y de chica quería ser bailarina.
El próximo paso fue conocer su casa, saber donde se baña Andrea, donde duerme Andrea, donde cocina, donde mira tele. Así fue como una noche entré en su casa con la filmadora a cuestas. Fue la noche del escándalo, fue cuando tuve que declarar todo y allanaron mi casa, fue cuando me apuntaron con un arma y me sacaron de su casa a empujones con la cabeza tapada. Pero sobre todo fue la primera vez que ella me vio a mí, después de meses enteros de espiarla, de seguirla, de amarla.
Ahora todos los domingos tengo permiso del comisario para usar su computadora. En una hora puedo revistar mi correo y si estoy desahuciado subir algún que otro texto a este blog.

4 comentarios:
Estimadísimo, le aseguro que entré en pánico al leer la historia del voyeur...al principio me enterneció, pensé: "Al fin un hombre apasionado". Mi sentimiento cambió: "Acaso este pervertido no tiene nada mejor que hacer?"...si lo que usted busca es "generar" al lector, pues le confirmo que su objetivo esta cumplido!!!!!
Besos y estaré a la espera de una nueva historia...
Su fiel lectora, DJ
quizá la historia hubiese estado mejor si la chica hubiera seguido llamandose mariana.
LA VERDAD ES QUE ME HUBIERA ENCANTADO UN BUEN FINAL, PARA ESTA HISTORIA, DEMACIADO TRISTE PARA MI GUSTO, SALUDOS!!
Querido escritor:
¿Alguna vez pensaste que le podías romper el corazón a alguien, con algo así?
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